Gabriel García Márquez - Memoria de mis putas tristes (2004)


Los momentos decisivos de una vida suelen venir en silencio y con un golpe de novedad: un beso mudo en la escalera, un incendio de amor en la parte de atrás del coche, de puntillas por un pasillo para no ser descubierto en la huida del deseo. A veces se recuerdan hechos menores cuando coinciden con un acontecimiento exterior que al existir ya es historia, recuerdo: jugando al fútbol mientras cae el muro de Berlín, en un cine de tarde y las Torres Gemelas derrumbándose. Unos y otros recuerdos se guardan en la memoria con una rotundidad notarial. El gesto de abrir un libro de Gabriel García Márquez, en apariencia un movimiento menor, repetido tantas otras veces, tiene sin embargo la misma cualidad del recuerdo puro, sin huecos: una lectura nueva sobre sueños y realidad, y de la que uno siempre sale pensando que no va a leer nada mejor en lo que le falte de vida.

Sin saberlo uno y otro, la vida de García Márquez y la de mi abuela han estado enlazadas. El primero habita hoy con la tristeza tal vez de que ya nunca podrá volver a escribir, y negado repentinamente de un reconocimiento que será ya póstumo. La segunda con la certeza de que ya nunca más podrá leerle, ella que siempre disfrutó de sus novelas sentada en el fresco de la salita de estar, las piernas amplias cruzadas bajo el batín, con la persiana aliviando el calor de la tarde y en el jardín el abanico de flecos de la palmera, sus hojas agotadas también del sofoco y apoyadas sobre la cal blanca de la fachada, como buscando alivio. Todo el mundo de mi abuela sumergido en una tranquilidad de modorra: apenas los perros ladrando al Atlántico desde lo alto de la montaña y la sombra del día avanzando sobre las baldosas negras, buscando el lugar donde el libro será cerrado y habrá que regar el jardín.

García Márquez escribía y a mi abuela llegaba luego el mensaje de su botella, el regalo de sus libros desde la librería Isla de Santa Cruz hasta la silla de mimbre de su jardín. Libros que yo también devoraba durante el verano en esa misma casa pero desde distintos lugares: la escalerita de caracol hacia la puerta de la cocina, la azotea al mar y su incómodo gotelé rascándome la espalda, tumbado bocarriba en la cama grande que fue la de mi madre de niña, con la ventana de madera abierta y el fantasma de la cortina entrando y saliendo del quicio, como un columpio. Acabada la lectura agradecía a Gabo el hacernos tan felices a mi abuela y a mí con su prosa tan real, periodística, y al mismo tiempo tan mentirosa, tan llena de fantasía, su atención hacia los detalles de los sentidos, su brevedad en la escritura: ninguna línea superflua, ninguna tendencia expansiva ni concesión de estilo.

Pero en Memoria de mis putas tristes el proceso tuvo que ser distinto. Nadie recogió el libro en las aguas de Tenerife, y ha sido la primera y última novela de Gabo que he leído tomándola en préstamo, sorprendido un poco al ver que fue publicada en 2004 (¡hace casi diez años!), y constatando así el doloroso calendario de la enfermedad que sufrió mi abuela. Preparé mi casa para disfrutar de su lectura, sabiendo que las buenas historias del Nobel suelen apearte de la realidad, y que este libro lo iba a leer para mi abuela y para mí. Tumbado en el sofá abrí la puerta a la historia y estaba caminando ya en su interior cuando de golpe una página en blanco, y una más y otra más y así el resto: ¡un error de imprenta! ¿Cómo no me había dado cuenta al coger el libro? Miré la hoja de seguimiento de préstamos, con multitud de sellos con distintas fechas y colores: ¡no había sido el único ingenuo!

De golpe la tarde se había quedado suspendida, sin plan alguno. Abrí la ventana para que corriera algo de aire y, en lugar de la estación de Chamartín, encontré que el horizonte lo dominaba un río grande, de anchura rusa. Extrañado, decidí vestirme y salir a la calle, donde el calor se multiplicaba en gotas húmedas que aparecían sobre las frentes quebradas y en discos bajo las axilas. De camino hacia la biblioteca advertí que Mateo Inurria era una calle amplia, de arenas calientes, y en cuyas fachadas se arracimaban parrandas de viernes. Con el corazón desbocado comencé a correr cuesta arriba, con la seguridad de conocer bien el itinerario, hasta la tienda de Rosa Cabarcas. No había nadie en la recepción, así que crucé el patio y, bajo una techumbre, me encontré con Gabo. Le miré de arriba a abajo, sin discreción, tratando de averiguar en qué lugar de su cuerpo residía el talento.

- Supongo que sabes por qué he venido. Las páginas de tu último libro me llevaron hasta aquí, y aquí me han detenido, en el interior de este burdel.
- Así es -y me extrañó pensar que García Márquez hablaba, cuando sus libros eran una narración sin diálogos. Se abotonaba parsimoniosamente una guayabera, mientras a su lado yo recupera el resuello de la carrera. ¿Y qué esperas encontrar aquí?
- Te esperaba encontrar a ti. Darte las gracias. Por todos tus libros. De parte mía. También de mi abuela. Y egoístamente esperaba saber cómo continuaba la historia. Mi ejemplar es ahora una página en blanco -concluí de hablar con el ánimo más resuelto.
- La historia la tenías ya escrita en el libro. Solo tenías que seguir leyendo. Vivir la ficción desde sus páginas. Pensabas en el vacío de tu abuela, y al libro se le han caído las letras.
- ¿No es real entonces nuestra conversación? ¿Es solo ficción? -le pregunté desconcertado.
- ¿Realidad, ficción? ¿Importan algo esos límites? ¿Por qué no mezclarlos? ¿Acaso existen en la Tierra fronteras entre lo que es cierto y lo que no? ¿Y son relevantes en un libro?
- Ahora que lo dices –le respondí – al principio pensaba que la masacre de las bananeras fue una creación tuya. Y que tu relato periodístico Caracas sin agua una invención. Luego descubrí que estaba equivocado. Era justamente lo contrario.
- ¿Y cambió ello algo? -me miró a los ojos y me sostuvo el brazo, como si fuera a decirme algo importante-. Todas nuestras vidas están llenas de elementos fantásticos: sentimientos que predicen realidades. Gente que nace y muere por la sola acción del recuerdo, como tú lo haces ahora con tu abuela. Y ese mundo onírico y real se mezcla con otro terrenal, formado por autobuses repletos de gente o colas para pagar impuestos. La literatura tiene la magia de juntarlos: solo la literatura.

De nuevo en la calle me golpeó el calor seco de Madrid. Al fondo de la ciudad, como desde la trastienda de un sueño, me llegó la megafonía familiar de la estación de Chamartín, y experimenté un cierto alivio. A medida que caminaba el libro se fue escribiendo solo, sin necesidad de ninguna intervención: la mirada iba creando las líneas que antes eran papel vacío y me estremecían sin pausa, como los brincos de una montaña rusa, un big bang de los sentidos. Las letras habían vuelto y la narración avanzaba con esa naturalidad de las historias orales, como recién ocurridas y repetidas con detalles minuciosos. Había conocido por fin a Gabo, y se había accionado el motor de sus últimas líneas, las de Memorias de mis putas tristes, una historia de amor contada con maestría, alzándose por encima de la realidad y también la ficción. Una lectura que me dejó en el estado feliz de haber vivido dentro de una obra maestra.
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Cortometraje: Espectadores



Espectadores es un homenaje a todas esas vivencias que cualquiera ha tenido delante de una pantalla. Personas relacionadas con el mundo del cine como José Sospedra, Raquel Falomir, Juan Mariné, Asunción Balaguer, Carmen Montesinos, Matilde Montesinos, Concha Velasco, Alex de la Iglesia, Fermín Prado y José Fernández nos cuentan sus experiencias y cómo el cine les ha atrapado, enamorado y cambiado la vida.
 
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El Comisario Maigret

Hoy quiero "resucitar" a un clásico de la literatura policíaca y detectivesca: "El Comisario Maigret".
¿Lo conocéis?

El prolífico creador de Maigret fue el belga Georges Simenon. Escribió nada menos que 75 novelas y 28 historias cortas sobre las aventuras de este gran comisario.Y yo me las he leído todas. El escenario de estas novelas es la Francia de 1930 a finales de 1960. De la Francia de los cabarets, de hombres con sombrero y gabardina, de  mujeres de labios rojos y de las porteras que lo sabían todo. Fueron publicadas entre 1931 y 1972.


Y ahora os cuento por qué admiro tanto al Comisario, a Georges Simenon y a lo que lograron juntos. Imaginaros: un detective peculiar, casado, sin hijos, ancho de hombros, fumador incasable pipa y dado al buen comer. Apreciado por sus inspectores e incluso por los delincuentes a los que casi siempre atrapa y llamado por su apellido por su propia mujer. No duda a dejar de dormir por perseguir a un sospechoso o quedarse horas pasando frío bajo su ventana, vigilándolo en la noche. Le da igual perseguir a una banda, a una mujer o a un pobre tipo nervioso...
Su método de investigación se basa en la psicología, en el conocimiento del ser humano. Es decir, en interrogar a cuanto testigo sea necesario y allí, amigos, allí es donde Simenon me atrapó. Maigret entra en las casas de las porteras que huelen a coliflor y a marido sudado, en las casas de familias donde reina el desorden y huele a un rico puchero, a casas donde no huele a comida, solo a cigarrillo rancio y a mujer apática, a hogares de gente de posibles donde la frialdad y el orden reinan... y el lector se ve transportado a ese París de los años 50, a esos hogares. El lector puede oler la camiseta sudada del trabajador y el olor a mujer recién levantada de la cama, a anís de bar de viejos y a cigarrillo mojado....El misterio, por supuesto, también engancha...pero los personajes que desfilan en cada una de sus obras están perfilados al detalle que son una pequeña obra de arte escrita. Maigret a través de lo que describe nos despierta todos los sentidos.
Mi consejo: que si no lo conocéis... vayáis a estrecharle la mano.
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El contenido del silencio


Y a mí me devoraba la nostalgia de los lugares y los afectos perdidos, por más que sabía que no serían como los recordaba, porque la nostalgia no es más que una mentira.



Lucía Etxebarría es, por muchos motivos, una de mis escritoras favoritas. Hace muchísimos años que leí “Beatriz y los cuerpos celestes” y me pareció un libro excelente. Desde entonces he leído prácticamente todo lo que ha escrito. “El contenido del silencio” no iba a ser menos. Tenía muchas expectativas en este libro ya que hacía mucho que no leía nada suyo y el título me parecía muy atractivo.

La historia trata sobre Gabriel, un chico que vive en Inglaterra y que está a punto de casarse. Un día se entera de que su hermana Cordelia, a la que hace más de 10 años que no ve y que vive en Tenerife, ha desaparecido. En su viaje al archipiélago Canario conocerá a Elena, la mejor amiga de su hermana. Este viaje también será un viaje interior para Gabriel, que le hará mirarse a sí mismo con distancia y cuestionarse cómo era su vida hasta ese momento.

El libro comienza muy bien y engancha desde el principio. Sin embargo, llega un momento en el que comienza a hacerse pesado. La historia avanza constantemente a través de las historias que Elena o Virgilio le van contando a Gabriel, algo que acaba cansando. El texto se desvía demasiado de lo que yo considero que es el punto de interés de la historia, por lo que el lector puede llegar a perder la motivación de seguir leyendo.

En todas estas historias Gabriel descubrirá cosas de su pasado que desconocía acerca de su madre y de su hermana. Estas historias acabarán teniendo relación con temas tan interesantes y morbosos como el nazismo y las sectas, algo que sin duda dota de interés al libro, pero a lo que se le da más peso del que debería.

En general no es un mal libro, pero considero que le falta consistencia. “La Etxebarría” esta vez se ha ido “por las ramas”, desmereciendo tal vez una historia que tenía todos los ingredientes para ser fascinante.
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El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Imagen: Ojizarka

Hace años que tenía esta lectura pendiente. Mi profesora de catequesis nos lo regaló a todos los niños que íbamos a clase para que tuviéramos un recuerdo suyo. Y empecé a leerlo una vez, pero no. Y más adelante, otra. Y otra. Pero nunca debí de empezarlo en el momento adecuado porque no conseguía engancharme. Ahora, con la excusa del aniversario (el día 6 de abril hizo 70 años), lo he rescatado de la estantería y por fin lo he terminado. 

No sabría cómo catalogarlo. ¿Libro infantil por la sencillez con la que está escrito y los dibujos que lo acompañan, o tal vez algo más por los temas que trata? Realmente se trata de un libro curioso.

Un aviador tiene una avería y se encuentra perdido en el desierto. Es entonces cuando el principito llega desde su planeta, el asteroide B 612. Se da entre ellos una peculiar relación de amistad, en la que el principito cuenta su viaje por los distintos planetas y estrellas hasta su llegada a la Tierra. Con sus aventuras a su vez, nos trasmite  una serie de valores y aprendizajes que a veces tenemos olvidados. Es recomendable leerlo para no olvidar algunas cosas e intentar ser capaces de ver como lo hacen los niños, con esa inocencia. 
"Lo esencial es invisible a los ojos"
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Una vacante imprevista


Me reconozco asidua a la literatura juvenil, podría excusarme en la edad de mis hijos, pero sería eso, una excusa. Así que he leído con gusto a autoras patrias como Laura Gallego García o extranjeras como J.K.Rowling, disfrutando de los mundos mágicos de la primera y de las aventuras de Harry Potter tanto o más que los pequeños.

Esperaba con cierta curiosidad la primera novela "para adultos" de la británica y ha merecido la pena. 

Una vacante imprevista es una novela interesante, de algún modo no demasiado alejada del mundo muggle de Harry, con personajes en edad de residir en Howards y profundamente inglesa.

Una muerte inesperada nos introduce en la idílica localidad de Pagford, con sus calles adoquinadas, su abadía, su lord cercano pero no próximo y su colegio de chaqueta y corbata. Un pequeño pueblecito donde todo es lo que parece a simple vista o quizás no.

Una obra coral donde las voces de adolescentes se mezclan con las de sus padres, un mundo relajado frente al arrabal que nadie quiere mirar, historias sencillas, crudas, veraces y un desenlace que apenas cambia nada, pudiendo cambiarlo todo.

Ha tenido críticas pésimas y otras excelentes, quizás sea tan sólo un libro para cerrar la puerta a la magia y comenzar a mirar la realidad sin maquillaje. Realismo social, critica política, relaciones sentimentales, maltrato, abandono...todo un cambio, en el que apenas se salva una pizca de magia.
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