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Madrid Confidential, de Carmen Pérez y Chloe Pueyo


Hace ya dos años que un grupo de intrépidas urbanitas puso en marcha el proyecto de Madrid Confidential, destinado a presentar, a través de una newsletter (http://www.madrid-confidential.com/), todo un abanico de planes para disfrutar al máximo de la capital. Ahora, con el concepto ya consolidado, las creadoras de esta iniciativa han puesto en marcha la versión en papel y como resultado nace este original y simpático libro-guía.


Las páginas de este libro acogen, "Chivatazos urbanos para salir de la rutina capitalina" que las propias autoras han experimentado escondidas en el anonimato. Las propuestas que Madrid Confidential presenta, ofrecen un sinfín de ofertas gastronómicas (cafeterías, restaurantes japoneses, hamburgueserías, restaurantes fusión, catas de vino) compras por la capital (outlet, mercadillos) lugares desconocidos (¡bares clandestinos! y jardines secretos), planes gratuitos, actividades lúdicas, secretos de belleza (gimnasia facial, manicura brasileña)... en total más de 150 direcciones para conocer, visitar y ¡disfrutar de tu tiempo libre! Las agentes secretas no descansan, siempre están buscando lo trendy, lo más cool de Madrid.

El encanto de Madrid Confidential radica no sólo en la cantidad de planes que ofrece, sino en el tono irónico y humorístico que inunda las páginas de este libro. No hay duda de que esa chispa es otra de las señas identidad. Lo más llamativo; el cirujano de zapatos, lo mas divertido; el capítulo 'Sé mala' con dos descripciones de estereotipos masculinos que dibujarán mas de una sonrisa.


El valioso contenido se apoya en unas simpáticas ilustraciones, cuidadas fotografías y exquisito diseño que hacen que cada página tenga un look diferente y especial que garantiza una entretenida lectura.

De acuerdo... no hay nada más castizo que marcarte un chotis en la Verbena de la Paloma pero, si tienes especial interés en ver y dejarte ver, Madrid Confidential es tu guía.

Publicado por Aroa Parras   

Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela


La recuerdo más de lo que debería. Más de lo que cualquier amigo te aconsejaría cuando te ayuda a cerrar una herida. Recuerdo aquella mañana más que otras muchas que han sido mejores en mi vida. Era a finales de septiembre. Una mañana "manchega", de cielo azul intenso y sol en lo alto. El coche aguardaba en la acera contraria a la puerta de mi casa. Cargado hasta arriba de bártulos y equipaje unidos por un halo de pena y nostalgia. En el umbral de la puerta los dos nos abrazábamos, llorosos, cerrando de un portazo todas nuestras ilusiones y abriendo la puerta de una nueva oportunidad. De una nueva vida que ninguno queríamos vivir. Con voz callada, como un susurro, oí decir "¿A dónde vamos?". En ese momento quise mostrar una leve sonrisa, que parecía más una mueca, al decir "Nos vamos a la Alcarria". 

Así empezó mi particular "viaje a la Alcarria" y es la razón de que meses más tarde, sentado en una cafetería hablando de libros con Imuka, mencionará lo especial que sería leer Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela. "A buen entendedor pocas palabras bastan" debió de pensar la buena de Imuka cuando buscó para mi el libro que hoy os vengo a recomendar.

La primera edición del libro es de 1948, aunque esa edición fue mejorada y corregida en varias ocasiones, la primera de ellas en 1952, ya con la editorial que hoy conserva sus derechos de impresión, Austral. La edición que hoy os comento es de 2012. Se trata de una edición especial, que no solo incluye la obra del premio Nobel, sino también una extensa introducción de José María Pozuelo Yvancos; y una completa guía de lectura de Mª Paz Díez-Taboada. Se nota que es una edición pensada para estudiantes de bachillerato o de la universidad, pero que ayuda al lector de cualquier edad a comprender mejor la dimensión de la obra.

Tampoco puedo obviar comentar, aunque sea ligeramente, la figura de Camilo José Cela. Influenciado por la Generación del 98, Cela alcanza protagonismo en la literatura durante la etapa de posguerra española tras la publicación de La familia de Pascual Duarte en 1942. Novelista, ensayista, poeta... el genial autor gallego alcanzó el reconocimiento mundial en 1989 cuando recibió el Premio Nobel de Literatura. No solo éste, sino también el Premio Príncipe de Asturias en 1987, y el Premio Cervantes en 1995, hacen de Cela uno de los autores más respetados y conocidos de las letras hispanas.

- Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego, ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende. 
El viajero enciende otro cigarrillo - a poco más se quema el dedo con el mixto -, se sirve otro whisky. 
- La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos.

Existía una tradición viajera en la Generación del 98. Baroja, Azorín, Unamuno... iniciaron un género literario dedicado al viaje y la observación del paisaje. Pretendían hacer del paisaje un elemento más de la novela, un protagonista al que hacer caso y dedicarle el tiempo que fuera necesario. Cela se siente heredero de esa tradición y decide echarse al campo a andar. Y aunque él mismo relata como observa un mapa lleno de líneas y círculos que señalan rutas y pueblos, se presenta ante el viaje sin más propósito que el de andar y ver, a veces con un rumbo fijo, otras guiándose de su intuición.

Se presenta así mismo como "el viajero", siempre en tercera persona, con una caracterización cercana al vagabundo que va de sitio en sitio sin más pertenencias que su morral y su manta. Esa caracterización es buscada por Cela para ficcionar su propia persona y crear un personaje que le permita cierta libertad en la escritura, sin las ataduras que una autobiografía conlleva. De hecho que, el viaje en sí, Cela lo realizó entre el 6 y el 15 de junio de 1946, durante el que tomó las notas que serían la columna vertebral del relato que, ya en Madrid, construyó en los meses sucesivos hasta la fecha de su publicación.

Su periplo comienza en la estación de Atocha (Madrid) donde coge el tren a Guadalajara. Desde la capital alcarreña comienza su viaje a pie por el paisaje alto, raso y de poca hierba que caracteriza a la Alcarria. En sus primeras etapas, el viajero parece preocupado en buscar un sitio donde comer y descansar. Se dedica a la contemplación del paisaje, a su descripción y al conocimiento de las gentes que se va encontrando. Al principio del viaje se recrea en los campos que va observando y poco a poco va surgiendo en él las ganas de componer versos o coplillas que desde este momento acompañaran al lector hasta el final de la obra.

Un parador. 
Tres casas. 
Cuatro mulas. 
Cinco mozas. 
Seis hidalgos. 
Siete zagalas. 
El camino de Brihuega 
va a la derecha. 
Por el de Zaragoza 
bajan dos mozas.

El carácter observador del viajero se va tornando en un espíritu crítico. A lo largo del viaje se nota la transformación de un personaje al principio expectante, que busca de la compañía de gente humilde, vagabundos, chamarileros y otros que van apareciendo en el camino, para convertirse en una viajero escrutador que no duda en criticar lo que ve. También cambian sus compañías: deja atrás los personajes populares para relacionarse con viajantes, médicos y alcaldes de los pueblos que visita.

En Pastrana podría encontrarse quizá la clave de algo que sucede en España con más frecuencia de la necesaria. El pasado esplendor agobia y, para colmo, agosta las voluntades; y sin voluntad, a lo que se ve, y dedicándose a contemplar las pretéritas grandezas, mal se atiende al problema de todos los días.

Un camino jalonado de gentes y pueblos que visitar. El viajero se presenta ante el camino como uno más del paisaje. Al atravesar un pueblo trata de seguir integrado, que su presencia no chirríe entre los invisibles lazos que unen a los vecinos de un pueblo. Se queda con los nombres de unos y otros, sus apodos, de los que apunta todos ellos como una colección de nombres exóticos (Los de La Puerta / pantorrilludos / siete pares de medias / llevan algunos); se aprende sus coplillas y las integra en sus versos (Las Tetas de Viana / muchos las ven / y pocos las maman). Incluso intercede en alguna ocasión como mensajero entre vecinos de uno y otro pueblo. A veces se integra de más y siente una dulce sensación de bienestar que quiere cortar de una, no fuera a acostumbrarse a lo bueno quedando camino por recorrer.

Al viajero le invade un sopor peligroso. En la mecedora del médico de Budia se está demasiado bien. Hacia el mediodía sale de nuevo a la calle, con ánimo de echarse al camino en seguida.

Ese intento de cortar por lo sano con la sensación de bienestar que más de una vez le invade durante el viaje, concuerda con la tendencia que el propio Cela inauguró en La familia de Pascual Duarte: el "tremendismo". Es una tendencia o género que se manifestó en la novela española de la posguerra, producto de escritores que fueron testigos de la Guerra Civil. Se caracteriza por una crudeza en la narración y en la trama, aunque no se relaten hechos exclusivamente bélicos. El lenguaje es duro, las escenas brutales y grotescas, y los personajes viciosos, obsesivos y violentos.

Pasa por la plaza un mendigo adolescente, tonto, a quien falta un ojo. Camina rígido, hierático, con lentitud, y va rodeado por dos docenas de muchachos que lo miran en silencio. El tonto tiene una descalabradura, aún sangrante, en la cabeza, y un aire de profunda tristeza [...] Una mujer con un niño a cuestas se ha asomado a un portal. -¡Lástima no reventases, perro!

El camino se termina como empieza, tranquilo y disfrutando de cada momento. Saboreando una tierra que deja onda huella en el viajero. Igual que el viajero, el lector siente tranquilidad al leer su viaje. El lector de Viaje a la Alcarria sabe de antemano que el viaje se acaba, que da igual que avances las páginas para ver en donde termina o si tal o cual personaje sigue vivo, como a veces hacemos los lectores impacientes con las obras de acción. Aquí no hay la angustia de un final inesperado, sino un tranquilo deambular por la Alcarria observando como el viajero elige caminos y compañías con la única curiosidad de descubrir nuevas tierras.

¿Por qué no echar la vista atrás y recuperar "un clásico" de la literatura de viajes española? Eso mismo pensaba cuando pensé en leerlo. Aprendes tanto con un libro así, que es cuando realmente adviertes la grandeza de un autor. Cuando entiendes que en algo más de 200 páginas el escritor consigue mostrarte tanto de un lugar tan desconocido para muchos y cercano para tantos. Sólo espero que algún día os acordéis de esta recomendación y os acerquéis a la Alcarria, aunque sea a través de la literatura.

Con especial dedicación a Laura e Imuka de Sebastiane.

Publicado por Carlos Masó   

De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami

De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami

Murakami nos sorprende con este libro, en el que nos desvela su gran afición: correr. En De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami comparte con nosotros lo que siente frente a este deporte, haciéndonos partícipes de sus esfuerzos por superarse a sí mismo. Es un libro recomendable para los amantes de este deporte, y también para los que aunque no corramos, somos incondicionales de este autor, ya que nos aproximamos por primera vez a su vida. 

Se trata realmente de un libro íntimo, en el que Murakami nos revela sus sentimientos y cómo se enfrenta en su día a día a este deporte. Al mismo tiempo, nos describe minuciosamente cómo se prepara para su próxima maratón, o su próximo triatlón, al igual que sus sentimientos y pensamientos durante cada competición.

Para los que al igual que me pasaba a mí, correr les parezca un solemne aburrimiento, este libro nos abre un nuevo punto de vista: el de la superación, la constancia, el esfuerzo y la satisfacción de superar un reto. 

Si eres un incondicional de Murakami, no lo puedes dejar de leer. Por primera vez, este fantástico y adictivo autor, parece recompensarnos y nos deja mirar por el resquicio de una puerta entornada, una faceta de su vida.

Publicado por Inma Gallego   

El factor humano, de John Carlin


Al hablar de deporte no siempre se tiene en cuenta que detrás de un equipo hay una persona que se entrega a su pasión con todas sus fuerzas. Cuando se habla de deportes es fácil ensalzar la figura de algún deportista en particular, nombrando sus logros, sus títulos... aquellas cosas que quedaron en la retina y que nos dieron una idea de cómo es en realidad. Más bien idealizamos a los deportistas como héroes: personas de una fuerza sobrenatural que con su esfuerzo nos administran una dosis temporal de bienestar, como un placebo.

Pero, ¿dónde queda en esa idealización el "factor humano"? Muchos tenemos en nuestra memoria imágenes recientes de acontecimientos deportivos, como el gol de Iniesta, o Nadal rebozado en la arcilla de Roland Garros... Pero tan solo en algunos destellos de esas imágenes vemos el "lado humano" de estos súper hombres. Lo que John Carlin nos propone en su libro El Factor Humano es analizar los condicionantes humanos que rodearon a un acontecimiento deportivo extraordinario. Nos induce a observar los factores humanos que desencadenaron una serie de acontecimientos imprevistos pero muy deseados, que transformaron un acontecimiento deportivo en un hito de la historia nacional de Sudáfrica. 

El Factor Humano es el título escogido por la editorial Seix Barral para la edición en castellano, aunque el título original sea Playing the Enemy. Esta novela de no-ficción es editada en 2008, con la imagen de Mandela y F. Pienaar (capitán del equipo sudafricano de rugby), en el acto de entrega de la Copa del Mundo de rugby, mientras que en las ediciones posteriores a la película Invictus, protagonizada por Morgan Freeman y Matt Damon y dirigida por Clint Eastwood, que adapta al cine la novela de Carlin, la portada cambia por una imagen de los actores antes nombrados.


La novela comienza unas horas antes de la histórica final de la Copa del Mundo de rugby de 1995, celebrada en Sudáfrica, que enfrentó a los sudafricanos Springboks, contra los temidos All Blacks neozelandeses. Carlin dibuja en la novela los sentimientos que algunos de los protagonistas de la misma tenían justo antes del inicio de tan crucial partido. Aunque todo el protagonismo se vuelca en la figura del presidente Mandela, que será el hilo conductor de todo el libro.

En un flashback, la trama se sitúa en el año 1985 para hablarnos de las relaciones entre Mandela, encarcelado desde 1962, y el ministro de interior del gobierno afrikaner de Sudáfrica, el gobierno del apartheid que elaboró leyes que ponían por escrito la existencia de diferentes razas de hombres desiguales entre ellos y en las que la raza blanca era superior a las demás.
Carlin traza un relato sobre la lucha de Mandela en la cárcel, una lucha silenciosa y constante a través de entrevistas con los miembros más destacados del aparato del apartheid, forjando la figura del líder carismático que siempre ha tenido. A través de entrevistas en las que negociaba las condiciones de su salida de la cárcel, fue esbozando la idea de una nueva Sudáfrica en la que no hubiera razas ni desigualdades, ni discriminaciones... pero tampoco revanchismo. Consiguió hacer creer a los más destacados y recalcitrantes miembros del apartheid, que un gobierno negro presidido por él buscaría la reconciliación, algo que parecía una quimera.

Cuando en 1990 Mandela es liberado, ya era todo un líder internacional, referencia en la lucha por los Derechos Humanos de todos los seres humanos, en especial de los negros (Mandela recibió el premio nobel de la Paz junto con de Klerk en 1993). Sin embargo no todos los blancos creían su discurso de reconciliación, por lo que en más de una ocasión la guerra civil planeó por las cabezas de los sudafricanos.
El rugby, tradicionalmente reservado a los blancos, era un símbolo del opresor blanco. Los Springboks, equipo nacional sudafricano, solo representaba hasta 1995 a la minoría blanca. Mandela consiguió que la nación arco iris que nació tras su entrada en el poder en 1994 sintiera como suyo un equipo de jugadores recios y fuertes, pero más blancos y rubios que un anuncio de champú Johnson (salvo uno de ellos, que era mulato).

Y eso es lo que nos cuenta El Factor Humano, la historia de como un equipo de rugby consigue unir a toda una nación dividida durante décadas por luchas encarnizadas, años de desconocimiento y temor mutuo que se terminaron cuando el bueno de Mandela apareció vistiendo la elástica de los Springboks como otro hincha más.

Mandela es el protagonista absoluto de esta historia real, pero en la novela aparecen multitud de personajes reales, como su carcelero, compañeros de partido político (el Congreso Nacional Africano), los presidentes del apartheid, miembros de la ultraderecha, deportistas... y una larga lista que van dando forma a través de sus testimonios a la historia de un mundial de rugby que cambió la historia de los sudafricanos.

No siempre la mezcla de deporte y política tiene buen fin. No siempre combinan bien y muchos políticos aprovechan los acontecimientos deportivos para ensalzar la diferencia y manipular torticeramente a unos deportistas que dejan de luchar por un resultado deportivo, para combatir por unos ideales políticos de dudoso fin. Pero no en este libro. En todo momento el deporte se presenta como la única posibilidad de realizar la reconciliación de bandos irreconciliables. Ese "factor humano" es el que John Carlin ensalza en este relato.

Leedlo, está muy bien escrito. Trata temas políticos e históricos con un lenguaje asequible, directo y sin dobleces. Es de estos libros con los que aprendes sin proponértelo y que además te crea la curiosidad de indagar sobre aquellas cuestiones que solo se esbozan pero que tienen un hondo calado. Espero que os guste.   

Publicado por Carlos Masó   

Trieste and the Meaning Of Nowhere, de Jan Morris



Trieste podía haber sido yugoslava, pero Italia alargó el brazo y, con la punta de los dedos, la hizo suya. Dibujó en el suelo una frontera, y en su extremo emplazó la ciudad, casi como un error. En ciudades de frontera como Trieste hay noches en las que suenan las bisagras: la realidad se fuga por las calles, y de golpe surge una nueva lengua y cultura y realidad. Hablas por teléfono para avisar de esa transformación, pero tu operador telefónico también ha cambiado, y no reconoce tu voz, porque no eres su cliente. Vuelves sobre tus pasos, cada paso da marcha atrás al tiempo, y al volver a la plaza regresa aliviada la juventud perdida.

Cada mañana en Trieste la luz del Adriático sube del mar, toca el cielo, rebota, se cuela por las ventanas, entibia los pupitres, sobre ellos un mapa político, y sobre el mapa los ojos atentos de un niño: es clase de geografía y nadie bosteza, pues sus padres les han enseñado la trascendencia de los fronteras: nuestras vidas, hijos, han estado escritas sobre ellas.

Las fronteras se dibujan con línea continua, pero no es el caso de la de Trieste, donde la frontera es una sucesión alternada de segmentos y puntitos. Por ese perímetro agujereado entra y sale la vida: la de los escritores que en alud abrieron sus cuadernos en Trieste: Stendhal, Italo Svevo, Rilke, Claudio Magris, Freud, Henry James. La de los imperios que, atraídos por su localización, fueron llegando y relevándose: los austrohúngaros, que hicieron de la ciudad el puerto de los Habsburgo, los italianos tras el final de la Primera Guerra Mundial y hasta 1943 cuando, derrumbado el régimen fascista, fueron desplazados por los alemanes. Nuevamente Italia tras el final de la contienda, pero con el territorio dividido en dos, otra frontera más para ser aprendida, niños, una zona controlada por británicos y americanos, y otra de autoridad yugoslava.

En esa línea discontinua que es Trieste al tiempo lo corta la persistencia de los vientos: el viento bora baja de las montañas durante el invierno, se acelera ladera abajo por las gradas abruptas, invade la ciudad y comba la forma de sus calles vacías, pues sus habitantes lo escuchan pasar desde los informativos de televisión.

Cuando el viento lo permite, salimos a caminar por la ciudad. Lo hacemos gracias a Jan Morris, un soldado galés destinado en la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. A semejanza de Trieste, Jan Moris también tiene una identidad discontinua, pues cambió de sexo años después de vivir en la ciudad. Así que Trieste habla en la voz de una mujer que recuerda el hombre que fue allí, y que ya no existe.

Paseando junto a Jan nos vamos deteniendo en el castillo de Miramar, un recuerdo del pasado austrohúngaro, visitamos el interior de un campo de exterminio alemán, el único en territorio italiano. Conversamos con los habitantes de la ciudad, pero sobre todo con nosotros mismos, reflexionando sobre el patriotismo y el paso del tiempo, sobre el amor y el sexo, sobre el auge y caída de los imperios. En cada lugar de Trieste nos topamos con una imagen que, a modo de metáfora, redobla la exactitud de nuestros pensamientos: las fachadas son pantallas de la mente. Parece que las ideas y la ciudad juegan al escondite: se dan distancia, se escapan, se buscan, se encuentran, se vuelven a escapar.

Estatuas y cafés y rincones nos recuerdan el importante pasado literario de esta ciudad: Trieste es el plató de un libro abierto. Dice Muñoz Molina de Trieste que lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad. Nunca he estado en Trieste, pero el viaje fluido y melancólico de esta obra hace sentir que uno ya ha estado allí, y que el viaje, que es lectura, ha merecido la pena.

Publicado por Daniel Dilla