Los recuerdos, de David Foenkinos


Sucede a veces que las historias más sencillas, cuando están bien contadas, son las más hermosas. Esto es justo lo que consigue David Foenkinos en Los recuerdos: emocionarnos con una prosa que rezuma gracia y ternura.

La historia comienza con la inesperada muerte del abuelo del joven protagonista. Éste, sometido al azote de tan trágico momento, sólo logra dilucidar que el tiempo es algo tan volátil que debe ser aprovechado al máximo; y así lo hace. La trama del libro se desarrolla circundando a la familia del protagonista, que es el narrador, e intercalándose ésta con divertidas digresiones en forma de retazos, de imágenes ancladas a la memoria, que conforman una vida. Resulta curioso cómo los recuerdos de Nietzsche, de Van Gogh o de Scott Fitzgerald -entre otros-, tienen cabida en este libro.


El marido de Sonia era de origen ruso, un origen que dictaba su manera de comportarse. Y así fue como en 1941 decidió abandonar Francia para unirse a las tropas del Ejército Rojo. Ella trató de disuadirlo, pero fue en vano. No volvió a tener noticias suyas, y se vio sola con su hija. 
Pasaron los años, y ella se resignó a seguir su vida sin él. Concentró toda su energía y su corazón en su obsesión por la danza. Se convirtió en una grandísima artista que irradiaba elegancia en cada ballet. Su reputación cruzó fronteras, y al final fue invitada a bailar en Rusia. En esa época, en plena Guerra Fría, nadie quería ir allí. Pero ella animó a toda su compañía para hacer ese viaje. Soñaba con Moscú, soñaba con saber por fin qué había sido de su marido. Las funciones fueron un auténtico éxito. Consiguió una cita con un alto funcionario que prometió investigar el paradero de su marido. Al día siguiente le dio una dirección. Esa noche le costó mucho bailar. No dejaba de pensar en la dirección. Así pues, su marido estaba vivo. Se le ocurrían miles de hipótesis; sobre todo, por supuesto, la posibilidad de que hubiera vuelto a casarse. Lloró mucho durante los aplausos, y todo el mundo vio en ello la muestra de cuán profunda era su sensibilidad de artista.
Le pidió a un bailarín de su compañía que la acompañara a la dirección en cuestión. Estaba a punto de poner fin a diez años de dolor y de incertidumbre. Llegaron y aparcaron el coche ante un pequeño edificio de los suburbios de Moscú. En el portal, buscó su nombre en los buzones, pero en aquella época en Rusia los buzones no llevaban nombre. Subió las escaleras despacito y llamó a la puerta. Le abrió una mujer, que le preguntó qué quería. Era una mujer, de modo que sí, se había vuelto a casar. Pero Sonia, tras quedarse absorta unos segundos, se dio cuenta de que esa mujer era demasiado mayor. No podía ser su esposa. Pronunció el nombre de su marido, y la anciana la invitó a pasar. Estaba ahí. Sí, estaba ahí. Sentado en una silla, en la cocina. Sonia se quedó parada. Era él. Era el hombre de su vida. El hombre al que tanto había llorado.
Pasó un minuto entero, un minuto durante el cual ella lo observó. Él no movía la cabeza. Sonia avanzó hacia él y comprendió entonces que estaba ciego. Había preferido desaparecer antes que volver a Francia y no poder ver nunca más a su mujer y a su hija. Sonia apoyó la cabeza en su hombro. Meses más tarde, consiguió de la administración soviética el permiso para llevárselo a Francia con ella. Una noche, él le dijo en voz baja: "Aún recuerdo tu rostro".

6 comentarios:

  1. No lo he leído pero queda anotado en la lista.
    Saludos y ¡Bienvenido!

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  2. A mi este argumento me parece tan triste y hermoso a la vez, que me lo reservo para un momento de tranquilidad y soledad

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    1. Hola, Inma. Es un libro muy hermoso, te recomiendo que lo leas, te gustará.

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  3. Ya decía yo que que esto me iba a gustar! No conocía a este autor, pero creo que me gustará. El extracto que has puesto me ha dejado con la intriga de saber más. Está editado en Seix Barral verdad? Gracias por la recomendación!

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    1. Hola, Carlos. Yo descubrí a David Foenkinos el año pasado, con La delicadeza, su anterior novela. Tanto ésta como la anterior están editadas en Seix Barral y son fáciles de encontrar. Ambas son muy recomendables.

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